Artículo de Washington Abdala
Más allá de los comentarios que el tedioso discurso presidencial
del pasado 2 de marzo pueda despertar, resulta importante subrayar la relevancia
semiótica del acto en sí. Porque el mismo, sin duda alguna, emerge
como un ícono del mesianismo fundacional que informa la gestión
gubernamental del Frente Amplio. No se trata, solamente, del olímpico
desprecio por la Constitución -aunque también- sino de la voluntad
explícita de quebrar con una arraigada y saludable tradición cívica
nacional que ubica al Presidente de la República por encima de las manifestaciones
de carácter partidario.
El acto del 2 de marzo, por cierto, no ha sido la única expresión de ese -por así decirlo- intoxicado "estado del alma", que afecta no sólo al Presidente Vázquez sino al conjunto del accionar oficialista. Las diferentes circunstancias por las que viene atravesando la Educación es otro ejemplo significativo. Desde la participación de legisladores oficialistas en las aulas, impartiendo cátedra desde su estrecha visión partidaria, hasta el empeño institucional por brindar una versión de la historia del país consistente con el relato que ha construido la izquierda a lo largo de las últimas cuatro décadas. Subyace ahí una concepción que podría sintetizarse en un "Ahora nos toca a nosotros".
Hasta en aquellos aspectos en que se ha optado por preservar políticas e instrumentos iniciados en anteriores administraciones, se los presenta como algo nuevo. Porque -parece- ahora sí son confiables por estar en buenas manos. Por ese motivo la coherencia con el discurso vigente hasta el 31 de octubre de 2004 es cuestión accesoria. Desde el hybris (como llamaban los antiguos griegos al exceso, a la soberbia) todo lo que se haga está bendecido -o no, cuando viene de antes- por su origen, antes que por sus virtudes objetivas. La pila bautismal del Frente Amplio santifica todo. Personas y políticas. Porque se tiene la íntima convicción de la intrínseca bondad de "los nuestros". Ni más ni menos que el terrible "pensamiento grupal". Como explican los sociólogos David Kopel y Paul Blackman "los grupos propensos a incurrir en pensamiento grupal, frecuentemente sobrestiman la moralidad e invulnerabilidad de su propio grupo, a la vez que estereotipan a los grupos de afuera". Mejor definición del Frente Amplio es difícil de encontrar.
Esa concepción también es la que conduce al desprecio por las formalidades jurídicas, por la vía de interpretarlas antojadizamente. Se ignora -genuinamente se ignora- que las normas representan bastante más que herramientas jurídicas funcionales a un proyecto de poder. Se trata de respetar su sustancia, porque el Derecho -con mayúscula- es sustancia o no es nada. Algo que difícilmente entienda quien cree que está refundando la Nación.
El problema estriba en que las naciones
no se refundan. Porque constituyen una realidad sustentada en la acción
cotidiana de millones de personas a lo largo de la historia que, espontáneamente,
al impulso de las necesidades de su tiempo, van tejiendo esa trama sutil de
valores, costumbres, virtudes y defectos que, en definitiva, constituyen una
nación. Por eso mismo, cuando los aspirantes a ingenieros sociales, en
ancas de un voluntarismo soberbio y cándido, pretenden montar su utopía
a contrapelo de la cultura, terminan fracasando. Pero en el camino al fracaso,
sacrifican gente. Porque se sienten con títulos -por esa convicción
en la intrínseca bondad propia- para imponer su proyecto por los medios
que fuere.