¿ES POSIBLE UNA COALICIÓN DEMOCRÁTICA? Por el Dr. Alberto SCAVARELLI.

La sociedad argentina asiste desencantada al deterioro de la democracia y del sistema de partidos, que obedecen, como todo evento social, a múltiples causas, entre otras la vocación hegemónica y autoritaria del kirchnerismo y la ausencia de una oposición organizada. Frente a esta situación, no faltan quienes alienten la esperanza de formar una coalición o convergencia cívica, que busque unir a todos aquellos ciudadanos que, desde distintos puntos de vista, coinciden en la defensa de las instituciones republicanas.

La formación de un consenso democrático no implica que desaparezca el disenso. Desconocer los conflictos inherentes a todo grupo humano sería caer en el movimientismo, que sofoca la pluralidad en busca de una utópica unidad, en el delirio totalitario de unanimidad que pretende, vanamente, terminar con las diferencias. Se trata, por el contrario, de un diálogo, de un delicado equilibrio entre distintas posiciones que, sin abandonar su identidad, concuerdan en una política de Estado donde se integren la democracia, la racionalidad económica, la equidad social y la modernidad en el estilo de vida.

Un prejuicio instalado en el imaginario político de una parte de la sociedad argentina percibe a las coaliciones o alianzas como una mera copia de fórmulas europeas, supuestamente inadecuadas a la idiosincrasia nacional y destinadas, por lo tanto, al fracaso. Para esta superstición servirá de ejemplo el recuerdo de la Alianza, formada en 1997, que parecería señalar en toda nueva convergencia la recaída en el error. Se olvida que, además de las innegables falencias de sus conductores, el colapso de la Alianza se debió a las condiciones desfavorables de la economía mundial, que habrían de cambiar drásticamente poco después de la caída de aquel gobierno, para suerte de sus sucesores. No menos importancia tuvo en el fracaso de la Alianza la implacable hostilidad del peronismo y de la fracción alfonsinista del propio radicalismo.

Cuando se formó la Alianza, sus enemigos no vacilaron en compararla con la demonizada Unión Democrática, y seguramente se volverá a hacerlo si se constituye una nueva coalición. Es preciso hacer memoria; aquella agrupación de la década del cuarenta distaba mucho de ser lo que cuenta la historia escrita por sus vencedores.

El programa de la Unión Democrática en 1946 era tan avanzado que formulaba reivindicaciones que tardarían años en concretarse, como el divorcio, y otras que aun no se han realizado. Lejos de representar a los sectores más reaccionarios, ese "contubernio" como lo llamaban sus enemigos, tuvo su antecedente en 1940, cuando para apoyar al presidente Ortiz en su decisión de terminar con el fraude se unieron entidades populares como la CGT -entonces democrática- y los partidos de centroizquierda: socialistas, demócratas progresistas y también comunistas; estos últimos pasaban por un inusual período democrático, consecuencia de su participación en la Segunda Guerra Mundial junto a los aliados. Esta coalición se consolidó en actividades contra el fascismo, hasta que se organizó formalmente en 1942 como Unión Democrática, cuando todavía no existían ni Braden ni Perón. A ella adhirió tardíamente el radicalismo, en tanto fueron excluidos los conservadores; muchos de ellos recalaron en el peronismo. Paradójicamente, entre los fundadores de la Unión Democrática se contaba el sindicalista socialista Angel Gabriel Borlenghi, que tres años después se convertiría en uno de los factótum del peronismo.

Esta recurrencia en un hecho del pasado no debe interpretarse como una digresión, un anacronismo, una referencia historiográfica o un detalle de color. Intenta demostrar, por un lado, que la oposición al peronismo no es necesariamente de derecha y, por otro, que a las salidas políticas de las coaliciones, aunque no hayan sido exitosas, no se les debe decir adiós, sino hasta pronto.

Las posibles coaliciones cívicas del siglo veintiuno enfrentan condiciones inéditas y muy desfavorables; ni siquiera pueden aspirar a lograr la unión de partidos, casi inexistentes, fragmentados, atomizados con excepción del peronismo, aunque esté también despedazado por divisiones internas. Sólo quedan para integrar la convergencia jirones de partidos en vías de desaparición, grupos civiles apartidarios, tendencias apenas esbozadas, dirigentes políticos sin bases y aun individuos independientes, sólo ligados por la defensa de las instituciones democráticas, los derechos civiles y la libertad de expresión.

El fin de la era bipartidista -peronismo y radicalismo- y la consiguiente dispersión de las intenciones ciudadanas no sólo señalan la fragmentación. La cara positiva de esas condiciones negativas es la posibilidad de nuevas propuestas, y, de hecho, ya han logrado su primer éxito en el caso de Misiones.

La tradición política perversa del populismo, que mezcla indiscriminadamente, según sus intereses del momento, a la izquierda y a la derecha, ha impedido, en nuestro país, la existencia de una derecha y de una izquierda democráticas, racionales y modernas, como existen en las sociedades avanzadas, incluidas algunas naciones latinoamericanas.

Una nueva oportunidad histórica, aunque por ahora muy lábil, se presenta en una etapa de transición como ésta. Previa a la eventual creación de nuevos partidos, sólo es posible una coalición que aúne los gérmenes de éstos; para ello deberá ser lo suficientemente amplia y nada sectaria, integrando a todos los ciudadanos que acepten las reglas del juego democrático y rechacen los lastres del movimientismo, el corporativismo y el clientelismo,

Los participantes de esta coalición tendrán que tomar, asimismo, conciencia de que padecerán inevitablemente el abandono de sus seguidores menos flexibles y demasiado adheridos a principios envejecidos. Esta pérdida será recompensada, en cambio, por un nuevo electorado proveniente de vastos sectores de la clase media urbana y de la clase media rural que, perjudicados por la actual política económica se encuentran desorientados y sin saber por qué optar.

El éxito electoral de esta coalición no le garantizaría, necesariamente, su sobrevivencia; aunque no sería imposible que ocurriera y, de ese modo, si se obstina y persevera, se asistiría al surgimiento de un nuevo partido. También es previsible que, en el mediano o largo plazo, los diferentes sectores tendieran a separarse; no obstante la experiencia democrática de la coalición predispondría a un sistema pluaralista, que eludiera las polarizaciones extremas y las relaciones schmittianas, hoy vigentes, de amigo-enemigo.

Vale la pena apostar por esa alternativa, porque si no llegara a concretarse o no fuera apoyada por la mayoría de la ciudadanía, la crisis política se agudizaría y sería incierto el futuro de la democracia. Pero, aunque en lo inmediato no respondiera a las expectativas, los esfuerzos no habrían sido en vano; quedaría, en todo caso, en medio de la apatía, la presencia de una oposición crítica y alerta indispensable para todo cambio futuro.