Iglesia,
el Estado y el Yo
Iglesia, el Estado y el Yo
Tras ratificar definiciones sobre temas muy polémicos, Monteseñor Cottugno, en el País del domingo, fustigó el olvido del sentido original de la Semana de turismo y se estremeció ante la perspectiva de que la Iglesia Católica pase a verse como un hecho cultural de la historia pasada.
Lo que dijo sobre los debates actuales –católicos divorciados vueltos a casar, uniones libres, aborto- suena a llamativo y concreto; el resto en la atmósfera de hoy parece teórico, abstracto, respetable pero subjetivo. ¡Pero sólo a primera visita!
Es que los temas candentes importan y tienen marketing, pero las mayores desgracias del Uruguay resultan de desviaciones y errores de fondo, que son teóricos sólo aparentemente, ya que los que entorpecen, achatan y hasta emponzoñan es nuestra vida pública.
Probando que ningún partido puede llenar los vacíos que dejamos en el alma que pronuncia el voto, es hora de dejar de hilvanar consensos de mínima y buscar reflexiones de máxima. Y enterarnos de que, en calles y cuchillas no se nos dan tanto “procesos sociales de cambio” como luchas conceptuales –aristotélicas-, que no ve quienes en política andan urgidos por las precandidaturas, en el trabajo se preocupan por lograr qye todo parezca y nada sea y en la lucha vital depositan mas de en las cifras macro que en la relación hombre con su prójimo.
Si: en el Uruguay vuelven a enfrentarse la culpa depositada en los otros con al responsabilidad propia, la pereza mental con la angustia existencial, el libro entero con la fotocopia o el extracto de Internet, la decisión fuerte por entrañar ideales con el apuro cortoplacista, lo reducido con lo permanente, Ariel con Calibán.
En ese plano, no hace falta ser feligrés para preocuparse por el vaciamiento espiritual de una Semana que el Uruguay , sin religión oficial, sigue fijando con arreglo al calendario gregoriano, que conmemora un modo de vivir, sufrir y morir perdonado que cambió la cuenta a los siglos de cuya luz resulta empobrecedor distraerse por concentrarse en los segundos de un jinete sobre un caballo i de un ciclista sobre otro.
Y tampoco hace falta estar de acuerdo con todos los dogmas ante las tesis según las cuales todo es historicidad sin ejemplos de admirar, ningún valor es incondicionados todo es relativo a la sociedad y nada podemos saber ni siquiera sobre el mate que tenemos enfrente: esos enfoques instalan como verdad suprema que las cosas no son, los valores no valen y no hay mas proyecto que la resignación.
Queda a la vista que Iglesia y Estado, a estas de ser la primera cada vez mas
defensora de al libertad y a pesar de que el segundo avanza mundialmente a identificarse
con el Derecho , enfrentan hoy, en común, el empobrecimiento cultural
de quienes, por disolverlo todo en blanduzco “proceso”, le quitan
proyección a las verdades de entrecasa y le sacan vigor moral a la historia
como pensamiento y acción.
Y como la personalidad se completa sólo en actos de libertad que reafirmen valores universales, lo realmente amenazado no es sólo la fe en cualquier religión y las bases del Estado de Derecho sino el hombre ante sí mismo y ante la Creación: la moda livianamente historicista, ignorando a Diltheym Croce y Gadamer, sustituye a la filosofía perenne por un culto dionistíaco del vacío en movimiento.
Y eso, en las nuevas generaciones
atomiza hasta las ganas de aprender