SEGUIMOS PERDIENDO TRENES

Cuando el tren del TLC llegó a la estación "Uruguay", el Presidente Vázquez señaló -con acierto- que ese tren pasaba una sola vez. Pese a ello, la "fuerza política" le dobló el brazo al Presidente y dejamos partir el tren sin abordarlo. Arguyendo potenciales efectos adversos sobre determinados sectores de actividad -razones que encubrían un rechazo de naturaleza ideológica- se pasó por alto no sólo los seguros -y no meramente potenciales- efectos positivos sobre otros sectores, sino que se eludió el efecto más importante, mucho mayor que el comercial: el efecto sobre la inversión. Es harto sabido que muchas empresas de la región planeaban instalarse en Uruguay para aprovechar las ventajas de un acuerdo de esa magnitud. Pero la ideología -parece- era más importante que la creación de fuentes de trabajo. Uruguay productivo "ma non troppo".

Pero el del TLC no es el único tren perdido. Hay otros ferrocarriles que pasan por nuestra estación y estamos dejándolos marcharse imperdonablemente.

Uruguay está viviendo el mejor momento comercial de los últimos cien años. Ningún gobierno ha gozado de una bonanza internacional como la que a éste le ha tocado en suerte. Atravesamos un tiempo, pues, en que están dadas las condiciones para avanzar decididamente en el sentido de la modernización. La bonanza debería servir para que el crecimiento sustentado en factores coyunturales pase a sustentarse en factores sólidos. Sin embargo, el gobierno está más preocupado por los resultados de las encuestas que por construir un camino de progreso sostenido. Veamos sólo un par de esos ferrocarriles que insistimos en dejar pasar de largo.

Uno de los factores claves para sustentar un crecimiento sólido es de la energía. Si seguimos así, en pocos años nos enfrentaremos a una crisis de magnitud. ¿Quién va a invertir en emprendimientos productivos si no tiene asegurado el suministro energético? Sin embargo, la apertura del mercado energético al sector privado -crucial por sus impactos directos e indirectos- avanza a tranco de pollo.

Muchos privados podrían invertir en la generación de electricidad en competencia con una empresa generadora estatal, pagándole un canon a UTE por la utilización de su red. Otros privados podrían asociarse a UTE para ampliar la infraestructura de trasmisión y distribución, que es otro cuello de botella que enfrenta el país. Pero el despacho de cargas sigue en la órbita de la UTE, cuando la ley obliga a que esté a cargo de la ADME, y todo indica que el monopolio de hecho continuará impidiendo todo progreso en ese terreno.

Otro tanto ocurre en el sector de las telecomunicaciones. Más específicamente, en el segmento de la trasmisión de datos. ANTEL tiene una posición dominante en ese mercado que es, prácticamente, un monopolio. Ello ha redundado en tarifas caras por servicios mediocres. ¡Cuánto haría por la superación de la brecha digital una genuina liberalización!

Hasta la subasta de las bandas de espacio radioeléctrico para los servicios de telefonía celular, que permitió una genuina competencia con el ingreso de un tercer operador al mercado, ese servicio era un lujo de una minoría. La explosión del mercado de telefonía celular que trajo la liberalización -a la que se vituperó hasta lo indecible por estos "progres"- ha supuesto una formidable democratización de las telecomunicaciones. Prácticamente no queda uruguayo que no cuente con uno de esos aparatitos.

¿No se advierte, entonces, que el monopolio impide que los más humildes accedan a una tecnología de crucial importancia? La liberalización de ese mercado haría por los humildes mucho más que cualquier Plan Ceibal (plan al que respaldamos, pero que no puede existir en lugar de la liberalización sino "además de").

En suma, antes que sacar cuentas de votos y pergerñar reformas constitucionales "de medida" para solventar las necesidades electorales del oficialismo, el gobierno debería estar invirtiendo el capital político que le queda en esos temas.

Por desgracia, se sigue perdiendo el tiempo. Y el tiempo vaya si es un tren que no vuelve más.